El otro día, en una venta de libros usados de la asociación Amigos de la Biblioteca, encontré un ejemplar de “Suplente: Yendo a la Escuela con Mil Niños”. El autor relata su experiencia de un mes en Maine, trabajando como profesor sustituto en diferentes grados y asignaturas. Me recordó a un vídeo de una escuela de Carolina del Norte y mis propias memorias de mi experiencia en ese rol en la costa norte de Chicago.
La profesora suplente camina de un lado a otro mientras discute con una alumna cuando otra le dice “siéntate en algún lugar”. Esto colma su paciencia, así que recoge sus cosas para irse. La otra, con quien discutía, interviene sarcásticamente: “Bueno, pues… [palabrota censurada], heriste mis sentimientos”. Entre risas, la adulta se dirige a la puerta diciendo: “Sí, me voy. Me da igual si no me pagan hoy. Solo soy una estúpida vieja blanca. Eso es todo”. (LEE MÁS: Los vales escolares suponen un peligro para las escuelas privadas)
Lo más probable es que ella hubiera necesitado mucho ese dinero. Yo, desde luego, lo necesité cuando acepté el trabajo en Evanston Township High y New Trier High, en Winnetka. Había venido a Evanston para fundar una iglesia, y la mayoría de nuestros feligreses eran estudiantes de la Universidad Northwestern, con poca capacidad económica. (Recuerdo un domingo en el que éramos unos cincuenta en la iglesia y la ofrenda fue de 38 dólares). Así que el Señor nos abrió las puertas para reunir ingresos de diversas fuentes, pero la situación era difícil, y esos 100 dólares extra al día eran sustanciales.
En aquel entonces, vivíamos en Wilmette, justo al sur de Kenilworth y Winnetka, y al norte de Evanston. Nuestro apartamento estaba a aproximadamente una milla tierra adentro del Templo Bahá’í y a una cuadra al sur de la iglesia de Mi Pobre Angelito (Trinity United Methodist), donde “Kevin” se escondió de “Harry” y “Marv” en el belén, y donde conoció al temible vecino (“Marley”) en la misa de Nochebuena. De hecho, nos encontrábamos en una especie de plató de cine (gracias en gran medida a John Hughes), a poca distancia a pie o en auto de lugares utilizados en películas como Mi Pobre Tío Buck, Todo en Un Día, Camino a la Perdición, Negocios Riesgosos, El Hombre del Tiempo, Contagio, Dieciséis velas, Gente Corriente, y Mejor Solo que Mal Acompañado.
Los exalumnos de las dos escuelas secundarias donde trabajé eran figuras conocidas en el cine (los Cusack, Michael Madsen y Jeremy Piven de ETHS; Charlton Heston, Ann-Margret y Bruce Dern de New Trier) o en la televisión, especialmente New Trier (Rainn Wilson como “Dwight” en The Office y William Christopher como “el padre Mulcahy” en M*A*S*H). Y no todos eran artistas; Donald Rumsfeld también estudió en New Trier.
No tenía ni idea de en qué me estaba metiendo cuando me registré, pero supuse que no me enfrentaría a una jungla de pizarras. Justo al lado de Chicago, Evanston era un lugar genial para vivir. Pero era más sórdido que la elegante Winnetka. Como nos dijeron a los recién llegados en el curso de seis semanas de la Academia de Policía Comunitaria, cuatro pandillas tenían presencia en la ciudad (Gangster Disciples, Vice Lords, Latin Kings y Black P. Stone Nation) y los agentes de seguridad se aseguraban de que no “estuvieran presentes” en la escuela secundaria. Sí, el elenco “progresista” de la “República Popular de Evanston” prometía un poco de arrogancia y locura: cuando los Boy Scouts se negaron a tener jefes de tropa homosexuales, la organización local United Way los expulsó del sistema; aparte esta fue la primera comunidad del área metropolitana de Chicago en otorgar reparaciones raciales; y, por supuesto, estaban encantados de dar la bienvenida a los dispensarios de cannabis a la ciudad. Pero bueno, era la próspera Costa Norte, así que esperaba decoro en abundancia. Por desgracia, la experiencia de sustituir a un profesor fue mucho más dura de lo que imaginaba. Mis credenciales como docente universitario y pastor no sirvieron de nada con estos chicos, pues el programa de tareas sin sentido, sin autoridad docente ni responsabilidad estudiantil, era una receta para el desastre.
En mi opinión, la situación era una prueba del carácter del estudiante, similar al desafío moral que enfrentó Giges de Platón (Libro II, República) cuando encontró un anillo que podía hacerlo invisible. Le permitía robar, matar o invadir la privacidad a su antojo. La pregunta entonces es qué haríamos si pudiéramos escapar de la detección y las ramificaciones normales de nuestras malas acciones, y, específicamente en el aula, disfrutar de una temporada de mal comportamiento sin consecuencias. ¿Cómo te comportarías? Bueno, muchos se comportaron mal. Por ejemplo,
- En una clase, repartí una hoja de ejercicios y una muchacha exclamó: “Eso ya lo hicimos”. Otra respondió rápidamente: “No, no lo hicimos”. En ese momento, la muchacha número 1 se rascó la cabeza, aunque con el dedo medio extendido. Para su sorpresa, le dije que eso era de mal gusto, y entonces la clase, a regañadientes, se puso a trabajar en la tarea.
- En otra ocasión, íbamos a hablar de El Guardián Entre el Centeno de J. D. Salinger, y, en el transcurso de la conversación, pregunté por qué Holden Caulfield tenía tan mala actitud, calificando casi todo a su alrededor de “pésimo”, “aburrido”, “basura”, “tonterías” o “maldita sea”; todo un narcisista cínico. Algunos se aventuraron a dar respuestas que apuntaban a su situación familiar, académica, social u hormonal. Entonces pregunté algo así como: “¿Creen que necesita a Dios en su vida?”. Al instante, una mano en la última fila se alzó, y un joven jurista exclamó: “¡No puedes decir eso!”. Con esto quería decir que la separación entre Iglesia y Estado prohibía encomendar a Dios a los alumnos de una escuela pública. Rápidamente le aseguré que, en efecto, podía hacer esa pregunta.
- En otra clase de inglés sobre esta novela, un grupo se retiró al fondo del aula y se sentó en círculo a jugar a las cartas mientras sus compañeros escuchaban la clase más o menos. Y, si mal no recuerdo, una chica se entretuvo trenzándole el pelo a su compañera. En este caso, no me molesté en protestar. ¿Para qué?
Miren, a lo largo de los años, les he asignado o presentado lecturas de material culturalmente desdeñoso u hostil a mis estudiantes de filosofía. Hemos abordado Más Allá del Bien y del Mal de Nietzsche, Las Confesiones de Rousseau, El Porvenir de una Ilusión de Freud, Hitos de Sayyid Qutb, El Caso del Relativismo Moral de Benedicto XVI, Cándido de Voltaire, La Náusea de Sartre e Invictus de Henley. ¡Si! Pero era balanceado con lectura de obras favorables a la civilización judeocristiana occidental. Leímos Mero Cristianismo de Lewis, Las Confesiones de Agustín, El Progreso del Peregrino de Bunyan, los Quince Sermones de Butler, Temor y Temblor de Kierkegaard y la Suma Teológica de Tomás de Aquino. Pero no veía la misma imparcialidad en las escuelas públicas. (LEE MÁS: Padres se enfrentan a una currícula extremadamente homosexual)
En mi humilde pero acertada opinión, Salinger ofrece a los profesores una manera de complacer la rebeldía adolescente y mejorar su imagen ante los jóvenes que tienden a tacharlos de viejos tontos. A esos aduladores de la currícula les digo: “De acuerdo, adelante. Claro, el estilo de Salinger es cautivador, fluido en el argot de los descontentos, atractivo para quienes experimentan con sistemas de valores rivales. Pero ¿se atreverían a presentarles Las Cartas del Diablo a su Sobrino de C. S. Lewis, A Través de las Puertas del Esplendor de Elizabeth Elliot, Fantastes de George MacDonald, El Libro de los Mártires de Foxe, El Paraíso Perdido de John Milton, El Infierno de Dante, La Grandeza de Dios de Hopkins?
- Cuando la escuela te convoca a las 6:00 a. m., no sabes qué materias impartirás. Dependiendo del grupo de alumnos tal vez tengas que mostrar una película sobre el experimento de Michelson-Morley en física, que tengas que ayudar a estudiantes con necesidades especiales a resolver problemas de matemáticas o que tengas que trabajar con estudiantes de suajili (sí, suajili) en vocabulario. Como era de esperar, parecerás un poco torpe en algunos momentos, y es entonces cuando algunos muchachos se ponen arrogantes. Recuerdo una clase de animación computacional, donde pasaba por sus estaciones de trabajo mientras retocaban sus proyectos de video. Hacía preguntas tontas y expresaba admiración por su habilidad, y algunos me explicaban con gusto lo que hacían. Pero otros reaccionaban con impaciencia y desdén, y a veces ofrecían una respuesta cortante y condescendiente. “Bueno, discuuulpe”.
Dicho esto, guardo buenos recuerdos de muchachos reflexivos y de las lecciones aprendidas.
- Había leído un libro sobre el origen de los apellidos —lugar (Hill), ocupación (Smith), ascendencia (Johnson) y rasgos físicos (Armstrong)— y fui recorriendo la lista de clase sugiriendo posibles conexiones. (Sí, di una aclaración sobre apellidos provenientes de dueños de esclavos como en el caso de George W. Carver y Jesse Jackson). Les intrigaba y les complacía esta práctica, y al pasar junto a ellos en el pasillo, me llamaban “El experto en apellidos”. Pronto aprendí que presentarles información externa podía enriquecer la enseñanza, que a menudo se reducía a cuidar de alumnos hostiles.
- De igual modo, en una clase de teatro, les enseñé movimientos militares que podrían tener que realizar en pantalla más adelante: cómo saludar, dar media vuelta, ponerse en posición de descanso. Con frecuencia, los veteranos se estremecen al ver cómo Hollywood presenta a las tropas y su equipo, ya sea con cortes de pelo que no cumplen con las normas o con explosiones absurdas, como si cada bala y cada objetivo (incluidas las torres de vigilancia de bambú y paja) estuvieran llenos de gasolina.
- Fue divertido citar algunos pasajes de la Torá en la clase de hebreo. Les sorprendió que un gentil conociera “Bereshit bara elohim et ha’ shamayim ve’et ha’aaretz” (Génesis 1:1). Pero nosotros, los bautistas del sur, aprendemos los idiomas bíblicos originales en el seminario; el otro es el griego koiné.
- Para mi gran sorpresa, las clases de educación especial fueron mis favoritas. Los alumnos eran amables y los auxiliares adultos los acompañaban de clase en clase como facilitadores y mentores. Aquellas sesiones eran auténticos oasis pedagógicos.
En resumen, no buscaría más oportunidades para sustituir a otros profesores, aunque agradezco las que se me presentaron. Estas reforzaron mi convicción de que, para los escritores, no existen malas experiencias; solo más material. Si bien no obtuve muchos logros académicos, sí hubo avances en mi desarrollo personal al comprender que la reacción de los alumnos ante los suplentes revelaba mucho sobre su educación. Con una persona tan anticuada como yo dando vueltas con material de interés ocasional para la clase en lo que algunos llaman “día de juego”, se necesita un alumno particularmente amable para que el suplente se sienta humano.
En mi opinión, Randi Weingarten, presidenta de la Federación Estadounidense de Maestros, es uno de los personajes más execrables del panorama estadounidense. Deshonra lo que debería ser una profesión honorable, no solo por su comportamiento (especialmente aprovechando la histeria del COVID), sino también por la posición privilegiada que disfruta gracias a los “educadores” que financian su mandato. Estoy convencido de que, en conjunto, están perjudicando gravemente a nuestros niños y jóvenes al repetir y reforzar las falsas promesas de la cultura progresista. Sin embargo, al sustituir a otros maestros, he llegado a comprenderlos, al ver con qué dificultades deben trabajar: hijos de padres e iglesias que deberían haberles inculcado valores como la empatía, la cooperación con la autoridad legítima y la valentía ante la presión social para empeorar – reacciones en cadena de la Regla de Oro. (LEE MÁS: Rehabilitando los sindicatos de maestros)
En los años 70, vi la película de Pink Floyd, The Wall, que mostraba a agobiados estudiantes británicos, con uniformes de chaqueta y máscaras sin expresión, marchando al ritmo del coro: “Hey, profe, deja a los niños en paz”. Basándome en ese modelo, propongo una versión que simpatiza con los profesores suplentes:
No queremos más sarcasmo,
No más bravucones en libertad condicional,
No más insultos en el aula…
¡Hey, niños, dejen a los viejos enseñar tranquilos!
Este artículo fue publicado originalmente por The American Spectator en 2023, haz click aquí para leer el artículo en inglés.
