LA MATERNIDAD ES ORDINARIA… Y EXTRAORDINARIA

Con el tiempo me he dado cuenta de que siempre escribo mejor cuando soy honesta… Y la verdad es que me tomé una larga pausa en escribir no porque haya estado distraída o no tenga nada sobre lo que escribir. No.

En realidad, cada día me levanto, desayuno con mi familia y escribo mi lista de quehaceres para el día. Y uno de los puntos de mi lista siempre dice: “Escribir: Artículo para UVCMC”. Aunque esa tarea rara vez se cumple porque:

No
tengo
idea
de cómo
empezar
el artículo.

Tengo un sinfín de artículos pendientes para escribir, traducir o publicar este año. Pero cuando al fin me siento a escribir mis propias piezas, lo máximo que alcanzo es hacer un borrador de la estructura, y cuando intento redactar el primer párrafo, la inspiración abandona mi cuerpo. Luego, me quedo mirando la pantalla con la mente en blanco hasta que me rindo (otra vez), o hasta que mi bebé se despierta y de repente estoy ocupada.

Así que quizás este artículo no solo trate sobre la maternidad, sino también brevemente sobre el bloqueo mental que a veces experimentan los escritores.

Sí, me llamé a mi misma escritora. Aunque dudo que sea lo suficientemente buena para llamarme así. Pero la verdad es que me gusta escribir, y llevo más de seis años escribiendo en este blog y en otros sitios; de hecho, no he dejado de escribir desde cuarto de primaria, así que supongo que puedo considerarme escritora. Porque, al fin y al cabo, alguien que escribe es escritor. Igual que alguien que pinta es pintor, y alguien que cocina es cocinero.

Ahora, si soy buena escritora o no es otro tema, y eso lo decidirás tu… En cualquier caso, lo disfruto mucho.

Hace unas semanas, mi precioso hijo cumplió 9 meses. ¡Y wow, qué rápido pasó el tiempo! Ayer nació, estaba todo soñoliento y delicado, y hoy ya se para solito, gatea por toda la casa destrozando todos los libros que encuentra en su camino y toma agua de su vasito sin ayuda. ¿Qué? ¿Adónde se fue el tiempo?

Han cambiado tantas cosas, y al mismo tiempo sigo sintiendo la misma emoción que sentí durante las primeras semanas de vida de mi hijo. Cada día me despierto preguntándome qué cosa nueva aprenderá y qué travesura hará que nos derrita el corazón a mi esposo y a mí, como un helado en pleno verano.

En resumen, lo he estado disfrutando mucho, gracias a Dios. Sin embargo, debo reconocer que ser madre es un trabajo bastante intenso. Está lleno de tareas repetitivas y de la necesidad constante de encontrar formas nuevas y creativas de tener la casa en orden, sobre todo cuando eres mamá primeriza. Esta ha sido, de lejos, la mayor curva de aprendizaje que he experimentado en mi vida.

(En cuanto escribí esa frase, mi hijo se despertó llorando, así que aquí estoy… un día después).

Reflexionando sobre estos últimos 9 meses, he aprendido un par de cosas que me han ayudado y animado enormemente en mi peregrinaje como estudiante de cómo ser madre. Cosas que espero que sean alentadoras para otra mamá joven. En primer lugar, he aprendido que

La maternidad es ordinaria…

(En el mejor de los sentidos)

Las mujeres de nuestro arbol genealógico han sido todas madres. Así es como llegamos a existir. A lo largo de la historia de la humanidad, mujeres de todas las naciones han sido madres. Han estado embarazadas, han dado a luz y han cuidado de sus hijos hasta que estuvieron listos para dejar sus hogares y formar los suyos propios.

No solo eso, sino que las mujeres han logrado criar hijos con éxito en épocas en las que no habían hornos de gas, ni electricidad, ni antibióticos ni medicina moderna, y tampoco internet.

Y sin importar la época, o cuánto acceso a la información (o la falta de ella) tuvieran, los niños han nacido, crecido y llegado a convertirse en adultos responsables y funcionales… Las mujeres de todos los tiempos y lugares han aprendido a ser madres y han encontrado maneras de hacer todas las tareas mundanas que debemos hacer, y todo eso mientras cargaban un bebé en brazos.

Y no sé ustedes… pero a mí eso me anima mucho. Que la maternidad sea tan común, tan normal, tan instintiva, tan sencilla en cierto modo, y que Dios nos haya creado para estar atentas a tantos detalles a lo largo del día. ¡Ay! ¡Cuántas cosas hay que hacer durante las 24 horas!

Cambiar pañales, pasear al bebé para que se duerma (por décima vez), preparar el desayuno para todos, lavar los platos, limpiar los baños, recoger el correo, contestar llamadas, programar citas médicas, lavar los platos otra vez, barrer el suelo, etc., etc. Y todo eso es bueno, sobre todo cuando nos esforzamos por disfrutar de las pequeñas tareas que Dios nos ha encomendado. Es bueno recordar que todas las madres han tenido que aprender a ser productivas y eficientes, ¡y nosotras también podemos!

Sin embargo… A veces la monotonía puede cansar, y cuando tu hijo se despierta cinco veces en medio de la noche tu paciencia se puede agotar, y cuando la lactancia materna resulta más difícil de lo que esperabas puedes empezar a sentirte descontenta, y… ¡Ay, hay tantas cosas que pueden amargarnos y volvernos locas! Y cuando eso sucede, es bueno recordar que…

LA MATERNIDAD ES EXTRAORDINARIA

Cuando te quedas embarazada ocurre algo milagroso: ¡literalmente, gestas a un ser humano completo dentro de tu propio cuerpo durante nueve meses! Y durante ese tiempo, pasa de tener el tamaño de una semilla a ser tan grande que cuesta imaginar que alguna vez hubiera entrado en tu vientre.

Y entonces, en el acontecimiento más intenso y trascendental de la vida de una mujer, da a luz a ese niño. Y Dios, en su infinita bondad, ha diseñado a la madre y al hijo a la perfección, de modo que el bebé nace y pronto respira por primera vez. Y la madre, mientras su cuerpo se recupera de la experiencia, produce leche para seguir alimentando al niño durante el próximo año.

¿Qué clase de magia es esa?

El bebé depende completamente de la madre, pero de alguna manera sabe succionar la leche materna instintivamente. El niño nace sabiendo que estar con mamá significa vida, amor y protección, y sabemos que la leche que ella produce será su única fuente de nutrientes durante al menos seis meses. Y durante todo ese tiempo crecerá, y crecerá, y crecerá. ¿Puedes imaginarlo? Ganará kilo tras kilo, centímetro tras centímetro, con la leche materna como su único alimento. Y ni siquiera mencionemos toda la sinfonía de ajustes hormonales que permiten a las mujeres producir ese oro líquido, y lo perfecta que es su composición para alimentar a su propio hijo.

Y la magia no termina ahí. Durante los primeros meses de vida, mientras mamá y papá aprenden a cuidar a este precioso bebé, él desarrollará nuevas habilidades y destrezas CADA DÍA. Pasará de ver borroso a reconocer rostros, de dormir casi todo el día a gatear fuera de la cama a las 6 de la mañana. En los primeros meses de vida, un bebé generará más de 1 millón de nuevas sinapsis POR SEGUNDO, lo cual forma parte de su desarrollo neurológico normal y sienta las bases para su desarrollo durante el resto de su vida.

¿Qué puede haber más especial y fascinante que ver a un ser humano, una criatura hecha a imagen de Dios, levantar sus manos de repente, acercarlas a sus ojos y darse cuenta de que están PEGADAS A SU CUERPO? ¡Y no solo eso, sino que SE MUEVEN A VOLUNTAD!

La expresión de asombro en el rostro de un bebé es absolutamente impagable. ¡Qué especial! ¡Qué privilegio ser parte de ello!

Sin embargo… al darme cuenta de lo extraordinario que es todo esto, a veces me invade una sensación de agobio y ansiedad… ¿Estoy haciendo las cosas bien? ¿Estoy usando los pañales correctos? ¿Elegí al mejor médico? ¿El detergente para la ropa le hará daño a mi bebé? ¿Debería tomarme más paseos con mi hijo recién nacido? ¿Empezará a gatear pronto? ¿Es demasiado pequeño? ¿O demasiado grande? ¿Estoy malcriando a mi bebé si lo cargo demasiado? Y luego vienen los “y si…” ¿Y si se enferma? ¿Y si no pone su fe en Cristo cuando sea mayor? ¿Y si no tengo suficiente leche materna para alimentarlo? ¿Y si no duerme bien esta noche? ¿Y si, y si, y si…?

Hay tantas cosas que pueden causarnos ansiedad. Incluso lo más insignificante puede parecer de suma importancia cuando se trata del bienestar de un ser humano y cuando estamos evaluando constantemente si estamos haciendo lo mejor posible por nuestro hijo. Pero aquí está la cuestión…

La maternidad es ordinaria.

Y me gustaría poder terminar el artículo aquí, pero siento la necesidad de resumirlo así: Si solo te enfocas en lo extraordinario que es ser madre, te sentirás abrumada e incapaz de realizar una tarea tan importante. Cada cosa que hagas te parecerá una tarea titánica y tendrás la tentación de verte como una heroína. Y eso te agotará por completo, mental, física y emocionalmente. Por otro lado, si solo te enfocas en lo ordinario que es ser madre, te sentirás insatisfecha y amargada por lo mundano que es todo, y tendrás la tentación de verte como una víctima. Te resultará difícil disfrutar de las tareas diarias que debes realizar y buscarás distracciones y entretenimiento para alejar tu mente de la realidad.

La verdad es que no eres una heroína y tampoco una víctima. Eres una mamá.

En los últimos meses, al lidiar con ambas cosas, especialmente con sentir que era una heroína cada vez que cambiaba un pañal o le daba de lactar a mi bebé, me cansé. Así que aprendí a orar a Dios todos los días, pidiéndole que me ayude a ver la maternidad desde su perspectiva y no la mía, y que me ayude a apreciar los momentos hermosos y simples que tengo como esposa y madre.

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