“Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida.” – 1 Samuel 1:11
Un hermoso día de mayo de 2024 me casé con el hombre más maravilloso, Mirko. Y poco después de casarnos, decidimos orar para que Dios nos diera un hijo. Era el deseo de nuestros corazones tener hijos e instruirlos en los caminos del Señor. En aquel entonces escribí un artículo titulado: “Siempre Esperando“expresando cuánto anhelaba ser madre y por qué creo que siempre estamos anhelando algo nuevo.
Pasaron los meses y mi antiguo yo empezó a aparecer (la Andrea controladora) y comencé a preguntarme que haría si Dios decidía darnos a mí y a mi esposo un período prolongado sin hijos. ¿Podría confiar en Dios en el proceso y vivir en la incertidumbre de lo que traería el futuro? Después de todo, había pasado por un período tan largo de soltería mientras deseaba casarme de joven… Y tuve tantos años para aprender a ser paciente y confiar en la voluntad de Dios.
Esta vez, mientras luchaba por ceder el control sobre algo que solo Dios podía controlar, le entregué mi anhelo. Sostuve mi anhelo de tener un hijo con las manos abiertas y decidí confiar en Dios (una vez más) y esperar, esperar, esperar… todo lo que Él quisiera que espere. Y oré, como Ana lo hizo, dispuesta a aceptar la voluntad de Dios y someter la mía a la suya. Incluso si eso significaba aceptar un “no” por respuesta.
No sabía que mientras oraba que mi voluntad se alineara con la de Dios; Él ya había decretado que nos daría a mí y a mi esposo exactamente lo que habíamos estado pidiendo: una descendencia, un primogénito, ¡un hijo! Cuán sublime…
Todavía me sorprende cómo Dios diseñó el cuerpo de las mujeres para que pudieran llevar y dar a luz un niño. Recuerdo que mi madre solía decir que el hecho de que una mujer pueda llevar vida en su vientre es demasiado asombroso para no ser un milagro. De la misma manera, es un milagro que las flores broten, y los cultivos crezcan y el invierno llegue y se vaya otra vez… ¿Y quién podría tener más control sobre dar vida, sino el Creador de ella?
Así que Dios le dio la vida a mi hijo, Alejandro. Y, entre todas las personas, me dio el privilegio de llevarlo en mi vientre durante el embarazo hasta que estuvo listo para venir al mundo, y con él sus manitos, sus pestañas rizadas, sus lindas mejillas y sus deditos de los pies. ¡Oh! ¿Cómo puede una madre no enamorarse? El tiempo se detiene cuando lo miro fijamente mientras duerme o intenta enfocar su mirada inquisitiva en los objetos que lo rodean. Cada sutil rasgo de su hermoso rostro quedarán grabados para siempre en mi mente y mi corazón.
Siento como si siempre lo hubiera amado, incluso antes de que existiera. Siento como que siempre estuvo destinado a ser mi hijo. Y mientras duerme en mi regazo mientras escribo esto, la oración de Ana viene a mi memoria: “Mi corazón se regocija en el Señor; mi poder se exalta en el Señor. Mi boca se burla de mis enemigos, porque me regocijo en tu salvación”. ¡Y puedo decir que yo también me regocijo en el Señor! Porque Él me ha salvado, y no solo eso, sino que me dio el privilegio de ser mamá.
Así que oro, con todo mi corazón, que mi hijo crezca conociendo y amando al mismo Señor que mi esposo y yo conocemos y amamos. Y oro porque nunca deje de maravillarme con lo que he presenciado durante estos últimos nueve meses y la llegada de Alejandro al mundo: EL MILAGRO DE LA VIDA.
